memoria simplemente cesaba. Con todo, a través de lo peor quedaba un minuto, una chispa de identidad infinitesimalmente pequeña que sostenía: «Yo soy yo; y yo no soy eso». No había análisis ni consideración; apenas un atisbo de repugnancia. De hecho, durante un tiempo hubo un periodo en el que a ese diminuto punto de identidad le pareció que sería un alivio incalculable dejar de luchar y permitir que el yo mismo se fundiera en aquella Personalidad tan asombrosamente fuerte y avasalladora, que se había precipitado sobre el resto. … ¿Alivio? Ciertamente. Pues aunque la emoción tal como la conocen la mayoría de los hombres quedaba aplastada —esa emoción agitada por el amor o el odio humanos—, quedaba un instinto que luchaba, que, mediante una larga y continua tensión, se mantenía en la existencia.
Porque la malignidad de la cosa era abrumadora. No era una mera presión; tenía un carácter propio para el que la muchacha después no tuvo palabras. Solo pudo decir que, muy lejos de ser negación, o vacuidad, o no ser, tenía un aire, caliente como una llama, negro como la breca y duro como el hierro.