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nydus/The NecromancersPublic
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II

gabinete con la espalda hacia las ventanas, la señora Stapleton enfrente de ella.

Una procesión interminable de pensamientos desfilaba ante ella mientras estaba sentada, pero también estos resultaban algo lejanos —muy arriba, por decirlo así, en la superficie de la conciencia—: no se acercaban a ese reino de la voluntad en ese momento suspendido y atento a otro orden de existencia. Una y otra vez alzó la mirada sin mover la cabeza hacia el perfil de tres cuartos a su izquierda, hacia el contorno de aire zulú enfrente de ella; luego volvió a bajarla hacia la pequeña mesa redonda y pulida y las seis manos apoyadas sobre ella. Y mientras tanto su cerebro hacía girar imágenes más que pensamientos, recuerdos más que reflexiones —viñetas, por decirlo así—: el viejo señor Cathcart con sus polainas y su levita, la expresión en el rostro del médium, fugaz y desaparecida al instante al oír el nombre del desconocido; los sitiales de roble tallado del presbiterio hacia los cuales había mirado esta mañana, el aspecto del parque, la bruma sobre los árboles aún sin hojas, el resplandor del azul cielo primaveral.⁠ ⁠…

Debió de ser, pensó, pasada poco más de una hora cuando se dejó sentir el primer movimiento esperado: un largo y tembloroso estremecimiento en la madera bajo sus manos, seguido de una extraña sensación de ligereza, como si toda la mesa se hubiera elevado un poco del suelo. Luego, casi antes de que el movimiento disminuyera, un torrente de pequeños golpes se desató, tan delicados y rápidos y, al parecer, tan perfectamente calculados como el repiqueteo de un diminuto martillo eléctrico. Esto era nuevo para ella, aunque no tan diferente de otras experiencias como para parecer extraño o perturbador en modo alguno.

… De nuevo centró su atención en la mesa al cesar la vibración.

Le siguió un largo silencio.

Debió de ser unos diez minutos más tarde cuando se percató del siguiente fenómeno; y su atención había sido atraída hacia él por un

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