Laurie salió de los despachos cuando empezaba a oscurecer aquella tarde, y regresó a sus habitaciones para tomar el té. Había pasado, como ya era habitual, un par de horas extremadamente distraído, inclinado sobre sus libros con esfuerzos tan solo espasmódicos por prestarles atención. Empezaba, de hecho, a no estar muy seguro de si la abogacía era, al fin y al cabo, su vocación. …
Su tetera cantaba alegremente en el hogar, y una bandeja brillaba a la luz del fuego sobre la pequeña mesa, tal como la mujer la había dejado; y no fue hasta que se hubo servido una taza de té cuando vio sobre el mantel blanco un sobre, dirigido a él, con la inscripción “En mano”, con la caligrafía habitual de las personas dedicadas a los negocios.
Ni siquiera entonces lo abrió de inmediato; probablemente era solo alguna nota relacionada con los asuntos de su jefe.
Durante media hora más siguió sentado, fumando después del té, meditando en aquello que ahora ocupaba siempre su mente y recreándose con una vaga y placentera expectativa en lo que la noche del domingo debía de traer consigo. El señor Vincent, bien lo sabía, regresaba a la ciudad esa misma tarde. Tal vez, incluso, se pasaría unos minutos, por si hubiera alguna última instrucción que dar.
El efecto del medio en la mente del joven había aumentado enormemente durante estas últimas semanas. Aquel aire de viril dominio, tanto más impresionante por su extrema y silenciosa seguridad, había resultado ser aún más profundo de lo que al principio había parecido.
Es muy difícil analizar los elementos de la adoración de un muchacho por un caballero maduro y sólido con «personalidad»; sin embargo, el