El viento había cesado; las últimas puertas se habían cerrado, y las dos figuras que estaban allí permanecían tan inmóviles como todo lo demás. A ninguno de los dos se le pasó por la cabeza ni la más leve sombra de sospecha sobre el motivo que los retenía allí —dos hombres corrientes— en silencio, contemplando una vieja casa; ni un solo pensamiento sobre ninguna vida oculta más allá de la de la materia, esa vida por la que la mayoría de los hombres miden la existencia. Para ellos esta era una noche más de las que habían conocido durante medio siglo. Había luna. Hacía buen tiempo. Esa era la casa de la señora Baxter. Esta era la calle del pueblo: ese era el resumen de la situación.
El señor Nugent se alejó al poco rato con paso enérgico, despidiéndose de su amigo con las buenas noches, y el tabernero, tras otra mirada, entró.
Se oyó el ruido de cerrojos y trancas, la luz de la ventana del salón junto al bar se apagó de repente, unos pasos crujieron escaleras arriba; una puerta se cerró y todo quedó en silencio.
Media hora más tarde, una sombra se movió tras la persiana del piso de arriba: un brazo pareció alargarse; luego, la persiana subió, le siguió la ventana y un rostro barbudo se asomó a la luz de la luna.
Detrás estaba la mesa llena de papeles, pues el señor Cathcart, trabajador incluso en medio de la angustia, se había llevado consigo para el domingo una gran cantidad de asuntos que no podían esperar fácilmente; y se había sentado allí pacientemente a clasificar, corregir y escribir desde su entrevista en el camino, hacía casi cinco horas.
Aun ahora su rostro parecía bastante sereno; se estremecía suavemente de aquí para allá, calle arriba y calle abajo; luego, una vez más, volvía a quedarse quieto para mirar fijamente al otro lado de la carretera, hacia el edificio gris y plateado que se alzaba más allá de los árboles.