Nuevamente respondió el otro, esta vez erguido en toda su altura, enviando un mensaje a lo largo de los nervios de su espalda que hizo erizar su propia piel y se propagó por la cola con un exquisito ondular de movimiento. Y una vez más vino la respuesta desde abajo.
Así continuó el desafío preliminar. Ya en la voz de cada uno había empezado a manifestarse esa leve nota de histeria que culmina poco después en un grito de ira y un torrente de escupitajos, los cuales conducen a su vez a un silencio ominoso y a los primeros feroces zarpazos a los ojos y las orejas.
En otro instante, el observador de arriba retrocedería por un momento al producirse la veloz embestida por el enrejado, y entonces se libraría la batalla: pero ese instante nunca llegó.
Cayó un silencio repentino; y él, atisbando hacia abajo en la penumbra gris, con la barbilla sobre las patas y la cola sacudiéndose a medio metro de distancia, vio un espectáculo asombroso. Su adversario había interrumpido en medio un grito de largo crescendo y estaba él mismo agazapado por completo sobre el estrecho muro, mirando ahora no hacia arriba, sino hacia abajo, en diagonal, a cierta ventana con cortinas situada a ocho pies de distancia.