chasquido seco; y supo, aun sin volver la cabeza, que el muchacho se había despertado. Hubo un leve murmullo inarticulado, un susurro y un largo suspiro.
Luego se dio la vuelta.
Laurie estaba tendido boca arriba, con los brazos cruzados detrás de la cabeza, mirándola con un aire tranquilo y meditabundo. No parecía más asombrado ni desconcertado que ella. Tenía un aspecto un poco pálido y cansado a la luz del alba, pero sus ojos brillaban con seguridad.
Se levantó de nuevo de rodillas, aún en silencio, y se quedó mirándolo desde arriba, y él le devolvió la mirada. No hacía falta hablar. Era uno de esos momentos en los que uno ni siquiera dice que no hay palabras que usar; uno simplemente contempla la cosa, como a una extensión de campo abierto. Lo que se necesita es contemplación, no comentario.
Sus ojos se desviaron un momento después, con la misma tranquilidad, hacia el jardín que iba iluminándose afuera; y su mente, que iba despertando lentamente y expandiéndose en su interior, hizo surgir un pequeño fragmento de cita al que debía responderse.
“Mientras aún era temprano… vinieron al sepulcro”.
¿Cómo decía?
“María…”
Entonces ella habló.
—Es el Domingo de Pascua, Laurie.
El muchacho asintió suavemente; y ella vio que sus ojos volvían a cerrarse despacio; aún no estaba ni medio despierto.