De aquel reino del ser de donde aquello venía no tenía ella previa concepción: solo había conocido el mal en sus efectos —en los pecados propios y ajenos—, lo había conocido como el hombre que atraviesa la sala de un hospital ve rostros encendidos o pálidos, o heridas vendadas. Ahora vislumbraba algo de su esencia, en la atmósfera de aquella cosa ursina que se cernía sobre ella. Como los dolores y achaques son para la Muerte, así eran los pecados para esta Personalidad: síntomas, premoniciones, causas, pero no el Sí Mismo. Y era consciente de que la Cosa provenía de una distancia espiritual tan impensable e inmensurable, que la palabra distancia misma significaba muy poco.
De la Presencia misma y su modo no podía usar nada mejor que metáforas. Pero a aquellos a quienes hablaba se les daba a entender que no era tal o cual facultad de su ser la que, por decirlo así, empujaba contra ella; sino que su ser entero estaba tan completamente saturado, que apenas era posible distinguir de ella su yo más íntimo. El entendimiento ya no se movía; las emociones ya no se rebelaban; la