es que estuviera asustada en absoluto; no era más que una pequeña y natural inquietud; y media docena de veces en la hora o dos que pasó pensando, se dio la vuelta en la cama con resolución, descartó las pequeñas imágenes que su mente formaba a pesar suyo y comenzó a pensar en temas agradables y sensatos.
Pero las imágenes volvían. No eran más que pequeñas viñetas: Laurie hablando con un hombre alto y de aspecto severo y sonrisa sardónica; Laurie tomando el té con la señora Stapleton; Laurie en una habitación vacía, mirando una puerta cerrada. …
Fue esta última imagen la que acudió a su mente tres o cuatro veces en el preciso instante en que la muchacha se iba quedando dormida; y tenía, por tanto, esa viveza particular que caracteriza a los pensamientos cuando la atención consciente está adormecida.
Tenía también en ella un efecto extrañamente perturbador; y no lograba imaginarse por qué.