Aún la miraba, con los labios cerrados, respirando rápidamente por las fosas nasales.
Con un movimiento repentino, ella se dio la vuelta y fue hacia su silla, se sentó y esperó.
Él seguía observándola; luego, sin quitarle los ojos de encima, con movimientos propios de un hombre que se defiende, apartó el sofá hasta colocarlo en su sitio y se sentó.
Ella esperó hasta que la tensión de su figura pareció relajarse de nuevo, hasta que cesaron las rápidas miradas que le dirigía desde el borde de los párpados caídos, y una vez más él se acomodó con las manos colgando para mirar el fuego.
Entonces ella comenzó de nuevo, con calma y decisión.
—Tu madre no está bien —dijo ella—. No... escucha en