Era una casa grande y de sólida construcción, muy próxima en verdad al camino, pero separada de este por una alta verja de hierro forjado sobre una empalizada de roble, y un sendero de jardín corto y recto; originalmente anterior incluso a la época de los Tudor, pero madurada a través de los siglos, con una fachada de la reina Ana de ladrillo rojo suave, y dependencias traseras de teja, roble y revque moderno, con antiguas cervecerías que casi cerraban un patio de gravilla en la parte posterior.
Detrás de esto último se extendía una gran huerta con senderos bordeados de boj que la dividían en una docena de rectángulos, separados del vergel y el paseo de tejos por un ancho seto doble por cuyo centro corría un sendero resguardado.
Alrededor del lado sur de la casa y en la estrecha franja hacia el oeste se extendían amplios céspedes rodeados de altos árboles que la ocultaban por completo de la vista de las casas que formaban la pequeña aldea a cincuenta yardas de distancia.
Por dentro, la casa había sido modernizada casi hasta alcanzar un nivel corriente. Un pequeño vestíbulo daba entrada al salón de la derecha, donde estas dos mujeres se encontraban ahora sentadas —una habitación amplia y señorial, revestida de paneles desde el suelo hasta el techo—, y al comedor de la izquierda; y, más allá, hacia el fondo, donde una sala de fumadores, un recibidor interior y las grandes cocinas y dependencias traseras completaban la planta baja. Las dos plantas superiores constaban, en el primer piso, de una hilera de habitaciones grandes, ventiladas, altas y dignas, y en la planta abuhardillada, de una serie de estancias de techos bajos, encaladas, con suelos de roble y ventanas abuhardilladas, donde uno o dos de los sirvientes dormían en espléndida aislamiento.