estaba completamente equivocado, y Laurie solo sufría de una tensión nerviosa no lo suficientemente grave como para impedirle estudiar derecho en el despacho del señor Morton; y este era todo el trasfondo de los misterios del señor Cathcart: o bien el señor Cathcart tenía razón, y Laurie se hallaba ante cierto peligro llamado locura que el señor Cathcart interpretaba de algún modo extraño que ella no lograba comprender. Y por debajo de todo esto bullían además otras incógnitas sobre lo que el espiritismo era en realidad: lo que pretendía ser, una mera tontería supersticiosa o alguna otra cosa.
Le sorprendía no haberle exigido mayor explicitud aquella mañana; pero el asunto había sido al principio tan sorprendente, tan sugerente, y a la vez tan insignificante en su sustancia, que su sentido común habitual la había abandonado.
El viejo caballero había venido y se había ido como un fantasma, había pronunciado unas cuantas frases inconclusas y prometido escribir, se había mostrado decepcionado con ella en un momento y entusiasta al siguiente.
Evidentemente, sus planos no corrían ni paralelos ni opuestos; se cruzaban en puntos inesperados; y Maggie no tenía la menor idea de la dirección en la que se encontraba el de él. Todo lo que veía con claridad era que existía algún punto de vista distinto al suyo.
Así pues, ella maquinaba teorías, se preguntaba, discutía y dudaba consigo misma. Tan solo una cosa quedó en claro: el resfriado febril de la anciana le brindaba exactamente la oportunidad que deseaba; podía escribirle a Laurie con absoluta veracidad que su madre se había encamado y que esperaba que él bajara la semana próxima en lugar de la siguiente.
Después de cenar se sentó y lo escribió, deteniéndose muchas veces para sopesar una frase.