Las habitaciones del señor James Morton estaban convenientemente situadas subiendo cuatro tramos de escalera en uno de esos bloques de edificios, tan misteriosos para el profano, que no se hallan muy lejos de Charing Cross. Aquí reina siempre un silencio propio de la vida universitaria, y el lugar es frecuenciado por la misma curiosa selección de la raza humana que ronda los claustros universitarios. Aquí se pueden ver cocineros, hombres ancianos y dignos, recaderos y mujeres ancianas bastante desaliñadas.
El interior de las habitaciones tampoco se diferenciaba mucho del de un colegio ordinario y bastante mediocre; y el gusto del señor James Morton no mejoraba las estancias en las que se encontraba.
De techo a suelo, la habitación en particular donde estaba sentado se encontraba revestida de estanterías llenas de volúmenes poco atractivos y grandes cajas de hojalata negra.
Una gran mesa ocupaba el centro de la habitación, cubierta de papeles, con murallas del mismo tipo de cajas de hojalata alzándose en cada extremo.
El propio señor Morton era un hombre de complexión cuadrada de unos cuarenta años, afeitado, más bien pálido y corpulento, de facciones muy marcadas, buena vozarrón y los modales agradables y bruscos que convienen a un hombre de universidad y de escuela pública que se ha tomado los negocios en serio.
Laurie y él se llevaban de maravilla. El joven sentía admiración por el mayor, cuya reputación como un abogado bastante distinguido sin duda la merecía, y le tenía el suficiente respeto como para prestar atención a sus indicaciones en todo lo relacionado con el derecho.