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nydus/The NecromancersPublic
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V. La posada del Atado de Trigo

—Una fiesta de viejos tardíos —dijo en voz baja.

El señor Nugent asintió. Todavía estaba un poco ruborizado por el güisqui y por sus anteriores relatos de lo que habría sucedido si su pobre hija hubiera vivido para casarse con el joven hacendado, de su (del señor Nugent) rápido ascenso social y sus pruebas externas, y del trato de tú a tú con la alta sociedad que se habría producido.

Miró pensativo hacia la silueta de la gran mansión, toda gris y plateada bajo la luz de la luna llena. El propietario siguió la dirección de sus ojos; y por alguna razón desconocida para ambos, los dos se quedaron allí en silencio durante medio minuto largo. Sin embargo, no había nada excepcional que ver.

Inmediatamente ante ellos, al otro lado del camino, se alzaba la alta empalizada de roble que cercaba el césped por este lado, y los inmensos tilos que se elevaban, sin podar ni recortar, en delicada filigrana ascendente contra el cielo nocturno color pavorreal.

Detrás de ellos se veían las chimeneas, por encima de la oscura fachada de ladrillo rojo y el pretil. La luna todavía no daba de lleno sobre la casa, y las ventanas titilaban solo aquí y allá, en líneas y repentinos parches donde captaban la luz reflejada.

Sin embargo, los dos lo miraban en silencio. Habían presenciado tal escena cincuenta veces antes, pues el mesonero y el otro pasaban al menos dos veces por semana una velada así juntos, y por lo general se separaban en la puerta. Pero se quedaron allí de pie en aquella tarde y miraron.

Todo estaba tan tranquilo como solo puede estarlo una noche de primavera. Invisible e inaudible, la vida de la tierra ascendía a raudales por las ramitas, las briznas y las hojas, avanzando hacia el milagro del profeta Jonás, que se revelaría en una profusión de color, aroma y sonido quince días más tarde.

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