—Oh, querida, ¿por qué no podemos ser todos sensatos y normales? Me encanta hacer pequeñas cosas corrientes: el jardín, las gallinas, el gato y el perro, y quejarme al carnicero. No me imagino qué más puede querer nadie. Sí; supongo que, en cierto modo, sí le creo al señor Cathcart. Me parece que, dado el mundo espiritual en absoluto —lo cual, naturalmente, doy por sentado—, es con mucho la explicación más inteligente. Intelectualmente, me parece con mucho la explicación más abierta de miras; porque de verdad abarca todos los hechos —si es que son hechos— y los explica de manera razonable. En cambio, lo de la subjetividad o el ego —oh, es terriblemente inteligente y ingenioso—, pero da por sentado muchísimas cosas. Me recuerda un poco a la gente que dice que la electricidad lo explica todo... ¡la electricidad! Y en cuanto a la teoría de la imaginación... bueno, eso es lo que me atrae ahora, emocionalmente, porque resulta que estoy en plan gallinas y carnicero; pero no me convence en absoluto. Sí; supongo que la teoría del señor Cathcart es la que debería creer y, en cierto modo, la que creo; pero eso no me impide en lo más mínimo sentir que es extraordinariamente irreal e imposible. De todos modos, no importa mucho.
De nuevo se recostó cómodamente, sonriendo para sus adentros, y hubo un largo silencio.
Era una tarde de agosto de una belleza divina. Desde donde estaban sentados apenas se veía otra cosa que la larga perspectiva del sendero, arqueado de avellanos —de donde el gato ya había desaparecido—, que terminaba en tres viejos escalones de ladrillo, anchos y planos, cubiertos de líquenes y musgo, rodeados de macetas y que conducían al paseo de los tejos. Pero todo el aire estaba lleno de sonido, vida y aroma de verano, densos y fragantes, que llegaban a raudales desde el viejo huerto de cocina bordeado de bojes a su derecha, más allá del seto, y desde el vergel a la izquierda.