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nydus/The NecromancersPublic
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I

que se veían rostros asomándose desde el gabinete que el señor Parker había ayudado a montar una vez más esta mañana; pero se explicaba que estos estaban «hechos» con pintura luminosa. Por último, si la gente insistía en buscar causas, la electricidad era una respuesta suficiente para todo lo demás. Nadie sugirió en realidad la energía hidráulica.

En cuanto a los motivos humanos, no se cuestionaban en absoluto. A algunas personas parecía divertirles hacer esta clase de cosas, como a otras les podía dar por coleccionar porcelana china o practicar el cotillón. Ahí estaba, era un hecho, y no había más que hablar al respecto.

La anciana señora Carraden, en cuya casa el señor Parker había sido en otro tiempo pinche de mayordomo, se había aficionado a las palomas buchonas; y la señorita Baker había oído hablar de un noble que tenía su propio taller de carpintería.

Aquello era así, entonces; y mientras tanto, ahí estaba un cigarro que debía ser fumado por el señor Parker, y un poco de té flojo que debía ser tomado por las tres damas.

Eran sobre las diez y cuarto cuando se volvió a hablar del tiempo. Aquí dentro todo era sumamente confortable.

  • Una alfombra de tejido negro, con un borde de flecos rojos, yacía ante el fuego chispeante, al alcance de los pies;
  • las pesadas cortinas rojas mantenían fuera la oscuridad, y donde las vitrinas de porcelana lo permitían, grandes fotografías de grupos de bodas y de casas de la nobleza colgaban de las paredes.
  • Un cocker spaniel inglés, en otra vitrina, contemplaba a la compañía con un rictus eterno desmentido por la docilidad de sus ojos marrones; y, enfrente de este, al otro lado del fuego, una numerosa familia de colibríes, un tanto polvorientos y apagados, se suspendían perpetuamente sobre las flores de un árbol liquenoso, con una puesta de sol flamígera como telón de fondo.
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