El señor Nugent se quedó atónito y hasta un poco irritado cuando, al llegar a casa después del anochecer, encontró la lámpara del salón humeando y a su esposa ausente.
Preguntó por ella; la señora había subido sigilosamente apenas diez minutos antes. Gritó al pie de la escalera, pero no hubo respuesta. Y después de haberse quitado las botas, y cuando su deseo de cenar se había vuelto acuciante, él mismo subió las escaleras para cerciorarse del asunto. …
Pasaron varios minutos, aun después de que un cuerpo aparentemente inanimado fuera trasladado a la planta baja, antes de que su esposa diera las primeras señales claras de inteligencia; y aun estas fueron poco más que grotescas expresiones de miedo: ojos desorbitados y exclamaciones. Pasó otro cuarto de hora antes de que se le pudiera sacar algún tipo de relato coherente. Una sola conclusión era evidente: que la señora Nugent no tenía la intención de ir a buscar la vela olvidada que aún seguía encendida sobre la mesa cubierta de tela y con tachuelas de latón, sino que había que ir a buscarla al instante; cerrar la puerta por fuera y dejar la llave ante ella sobre aquel mantel. Esas eran las condiciones que debían concederse antes de entrar en más detalles.
Evidentemente no había más que una persona para llevar a cabo estas instrucciones, pues la pequeña criada ya era todo ojos y boca ante las pocas y significativas frases que se le habían escapado a los labios de su ama. Así que el propio señor Nugent, gorra de tela y todo, subió las escaleras una vez más.
Se detuvo en la puerta y miró hacia adentro.