Tras el tercer regreso de aquello, su sentido del humor vino en su auxilio: era demasiado ridículo, se dijo, alarmarse por una habitación vacía y la espalda de Laurie.
Una vez más se volvió de lado, apartándose de la luz del fuego, y decidió que, si volvía a repetirse, examinaría los detalles minuciosamente.
Nuevamente pasaron los momentos: un pensamiento seguía a otro, en esas olas tranquilas que adormecen la mente hacia el sueño; por fin, una vez más, la imagen estuvo allí, nítida y clara.
Sí; esta vez lo miraría.
Era una habitación despojada, con boiserie en las paredes a unos cuantos centímetros del suelo, empapelada más arriba con algún motivo común y pálido.
Laurie se encontraba en el centro de las tablas sin alfombra, con la espalda vuelta hacia ella, mirando, según parecía, con una intensa expectación la puerta tan sosa en la pared de enfrente.
Iba de etiqueta, vio ella, con calzones cortos y hebillas y todo; y tenía los puños apretados, mientras colgaban separados un poco de sus costados, mientras él mismo, agazapado un poco, miraba fijamente la puerta.
Ella también miró hacia la puerta, hacia sus paneles convencionales y su picaporte de latón; y le pareció como si tanto él como ella estuvieran a la espera de algún visitante. La puerta se abriría de un momento a otro, percibió; y la razón por la cual Laurie estaba tan atento a la entrada era que él, ni más ni menos que ella, no tenía la menor idea acerca de la índole de la persona que iba a entrar. Se quedó bastante intrigada mientras observaba —era un método que seguía a veces cuando