Se respiraba a su alrededor un aire que era como vino para el alma, una frescura y una claridad que iban más allá del pensamiento, bajo un resplandor que irradiaba a través de todo lo que en él se bañaba, como la luz del sol filtrándose a través del agua. Ella comprendió entonces que la experiencia había sido una iniciación para ambos, que allí estaban, el uno junto al otro, transparentes el uno para el otro, o, al menos, él transparente para ella; y se preguntó, no si él lo vería como ella, pues de eso estaba segura, sino cuándo. Durante este espacio de silencio lo vislumbró de parte a parte, y comprendió que la percepción lo era todo. Vio sus defectos con tanta claridad como los suyos propios, las grietas en el cristal; mas estas no importaban, porque el cristal era cristal.
Así que ella esperó, segura, hasta que él también lo comprendiera.
“Pero eso es solo una fracción de lo que tengo en mente—”
Él se detuvo.
Entonces, por primera vez desde que había abierto los ojos hacía un instante, su corazón comenzó a latir. Aquello que había permanecido oculto durante tanto tiempo—aquello que había aplastado bajo piedra y sello y mandado guardar silencio—, y que sin embargo la había mantenido resuelta, sin ella saberlo, a lo largo de la noche que había quedado atrás, una vez más se impuso y aguardó su liberación.
—Sin embargo, ¿cómo me atrevo... —empezó Laurie.
De nuevo lo miró, aterrorizada de que lo que llevaba en el corazón se manifestara con demasiada claridad a través de sus ojos y sus labios; y vio cómo él seguía mirando al otro lado del jardín, sin ver sin embargo más que su propio pensamiento escrito allí contra el esplendor del cielo, del follaje y de la hierba.