los muertos: un marido sollozando en silencio en la oscuridad, un niño llorando a su madre; sin duda esa fuerza había logrado antes, en la historia del mundo, hacer volver de la oscura y misteriosa vastedad a la querida personalidad que era todo cuanto incluso el cielo podía ofrecer, e incluso había compelido a tomar una apariencia de vida a algún tipo de cuerpo con el que revestirla. Estas cosas debían de haber ocurrido; solo que los secretos se habían guardado muy bien.
Así pues, este muchacho lo había deseado; sin embargo, la oscuridad había permanecido vacía; y ninguna sombra, ningún rostro tenuemente perfilado, había borrado ni por un instante la estrella a la que miraba fijamente; ningún toque en su hombro, ningún susurro en su oído. Le había parecido, mientras se esforzaba allí en el silencio, que tenía que lograrse; que no había límite para el poder concentrado e intenso. Sin embargo, no había sucedido. …
Una vez se había estremecido un poco; y el mismísimo estremecimiento de miedo había tenido en sí un ápice de deliciosa y temblorosa expectación. Sin embargo, no había sucedido.
Laurie relajó los músculos, por tanto, dejó escapar el aire en un largo suspiro y recordó una vez más el libro que había leído y el pensamiento febril y cohibido de la señora Stapleton.
Media hora después, su madre, escuchando desde su cama, oyó sus pasos pasar frente a su habitación.