jóvenes labios curvados hacia abajo sonreían. Detrás de ella, claramente visible entre las cortinas echadas hacia atrás, se encontraba la figura de la médium sumida en el sueño.
Y así, durante unos segundos, la aparición permaneció.
Al observador le pareció que durante aquellos segundos el mundo entero se detenía. Ya fuera porque en verdad el viento había cesado, ya porque la atención absorta no percibía otra cosa que el prodigio ante ella, el caso es que así lo parecía. Incluso la respiración de la médium se había detenido; Lady Laura solo escuchaba el tic-tac del reloj en su propia muñeca.
Luego, mientras de nuevo una ráfaga arreciaba desde el suroeste, la figura avanzó un paso más hacia la mesa, con un movimiento como de persona viva, provocando, según parecía incluso, aquella ligera vibración en el suelo como de un cuerpo vivo.
Se hallaba ahora tan cerca, aunque de espaldas a la luz difusa de la antesala, que sus rasgos se distinguían con más claridad que antes: los labios pintados, los ojos abiertos, la sombra bajo las fosas nasales y la barbilla, incluso los dedos blancos entrelazados sobre el pecho. No quedaba nada de aquella vaga bruma que se había visto otra vez en esa estancia; cada línea era tan nítida como en el rostro de una persona viva; hasta el relieve del pecho bajo las manos, los hombros delgados y caídos, la larga línea curva desde la cadera hasta el tobillo, todo era real y perceptible. Y una vez más, los ojos fijos del observador captaron, y su mente percibió, aquel leve aspecto de máscara en el rostro bonito y suplicante.
Una vez más la figura avanzó, directa hacia la mesa; y entonces, con tanta rapidez que ni un solo movimiento ni una palabra pudieron detenerlo, se precipitó el cataclismo.
Hubo un movimiento violento a la mano izquierda de lady Laura, una silla retrocedió de golpe y cayó, y con un grito horrible y desgarrador