sobrenatural en su ciertamente extraña historia.
Sin embargo, mientras estaba allí sentada a la luz de la lámpara, con Laurie mudo ante ella y la gran ventana con cortinas detrás, cobró conciencia de una inquietud que no podía rechazar del todo.
Era algo meramente físico, se dijo; era el resultado del cambio de tiempo; o, a lo sumo, era el silencio que ahora se había instalado y la proximidad de un muchacho aterrorizado.
Volvió a mirarlo.
Estaba recostado en el viejo sillón verde, con los ojos algo ensombrecidos por la lámpara cenital, muy quieto y en silencio, con las manos aferradas todavía a los remates de león de los brazos del sillón. A su lado, en la mesita, yacía la colilla aún humeante en la bandeja de plata. …
Maggie se puso de un salto en pie de repente, rodeó la mesa y lo cogió del brazo.
“Laurie, Laurie, despierta. … ¿Qué pasa?”
Un largo estremecimiento lo recorrió. Se incorporó con una mirada desconcertada.
—¿Eh? ¿Qué es? —dijo—. ¿Estaba dormido?
Se frotó los ojos con las manos y miró a su alrededor.
—¿Qué pasa, Maggie? ¿Estaba dormido?
(¿Estaba actuando el muchacho? ¡Seguro que era una buena actuación!)
Maggie se dejó caer de hrodillas junto a la silla.
—¡Laurie! ¡Laurie! Te ruego que no vayas a ver al señor Vincent. Te hace mal. … Ojalá no lo hicieras.