—Solo por dos minutos —suspiró la anciana—. Me vuelve a doler la cabeza.
—Pobre, querida —dijo Maggie.
“Siéntate, mi querida, unos minutos. Oirás las ruedas desde aquí. … No, no hables ni leas”.
Allí, pues, las dos mujeres se sentaron a esperar.
Afuera, el crepúsculo iba cayendo, capa sobre capa, sobre el jardín primaveral, en un gran silencio. El viento fresco de la tarde había amainado, y apenas se escuchaba sonido alguno procedente de los seres vivos en torno a la casa que una vez más renovaban sus fuerzas. Sin embargo, sobre todo ello, al menos para la mente del católico, se extendía una sombra de muerte, debido a las asociaciones con aquel extraño aniversario que iba transcurriendo, hora tras hora. …
En cuanto a lo que Maggie pensó durante aquellos minutos de espera, después no habría podido dar una descripción coherente. Las cosas eran demasiado complicadas para pensar con claridad; sabía muy poco; había muchísimas hipótesis. Sin embargo, una emoción dominaba sobre las demás: la expectación con un tinte de temor. Allí estaba sentada, en aquella habitación apacible, rodeada de todos los familiares bártulos de la convalecencia —el fuego, la cama abierta de invitación con un par de libros y una lámpara de lectura en la mesita de al lado, el leve olor a sándalo—; y ante el fuego dormitaba una apacible anciana llena también de una apacible expectación por su hijo, aun sin saber nada en absoluto de los vagos peligros que lo acechaban, que ya se habían cerrado sobre él, fuera cuales fuesen. … Y ese hijo se iba acercando más a cada instante a través de los caminos rurales. …
Se levantó al fin y fue de puntillas hasta la ventana. Las cortinas aún no se habían corrido, y en la luz que se desvanecía pudo ver la elaborada forja