A medida que se acercaba la fecha, Maggie sintió que sus inquietudes se calmaban, como un fuego, pasando de la turbulencia a una llama constante. El domingo le había costado un esfuerzo real guardárselo para sí misma, y los coletazos de la tormenta de viento y lluvia que azotó Hertfordshire por la noche no habían sido nada tranquilizadores.
Sin embargo, su voluntad se aferraba firmemente a una sola cosa, y era que no se debía consultar a la señora Baxter. No podía resultar ningún bien concebible, e incluso cabía la posibilidad de que hubiera perjuicio: o la anciana se preocuparía demasiado o no lo suficiente; podría insistir en el regreso de Laurie a Stantons, o escribirle una carta alegre animándole a divertirse por el camino que le viniera en gana.
Así pues, Maggie pasó la noche entre ratos de silencio alternados con charla trivial, y logró que la señora Baxter le aconsejara dormir del tirón una buena temporada.
El lunes por la mañana, sin embargo, amaneció con un cielo sin nubes, un aire embriagador como el vino y el trino de los pájaros; y para cuando Maggie fue a ver los azafranes justo antes de desayunar, ya estaba casi completamente tranquila de nuevo. Quedaba, sin embargo, la suficiente ansiedad como para hacerla correr hacia el corral de los establos cuando oyó al cartero de camino a la puerta trasera.
Había una sola carta para ella, con la caligrafía del señor Cathcart; y la abrió con cierta prisa mientras volvía a entrar en el jardín.
Resultaba tranquilizador. En ella se afirmaba que el remitente se había puesto en contacto—(esa fue la palabra)—con el señor Baxter, aunque por desgracia sin gran éxito, y que se proponía al día siguiente—(la carta