Pero los lugares tienen un poder tan fuerte como las personas para retener asociaciones, y aun cuando bajaban hacia la pequeña aldea, Laurie fue consciente de que esto era particularmente cierto en ese momento. Cuidadosamente evitó mirar hacia la tienda del señor Nugent, pero fue inútil. Todo el lugar estaba tan lleno para él del recuerdo de Amy —y más que el recuerdo, le parecía— como si ella aún estuviera viva. Se detuvieron ante la misma verja donde él le había susurrado el nombre; el final del sendero de tejos, donde se había sentado cierta noche, se veía más allá de la casa; y a media milla por detrás yacían los prados, oscureciéndose ahora, donde la había encontrado cara a cara por primera vez bajo la puesta de sol, y la compuerta del arroyo donde habían permanecido juntos en silencio. Y todo era como un paisaje visto a través de un papel de colores por un niño, tenía el tinte uniforme de la muerte y el dolor.
Laurie estuvo bastante callado toda aquella noche. Su madre lo notó, y eso le arranca un comentario que por un instante le encogió el corazón.
—Pareces un poco demacrado, querido —dijo ella, mientras le quitaba el candelabro de la habitación—. ¿No habrás estado pensando otra vez en eso del espiritismo?
Él le entregó un candelabro a Maggie, evitando su mirada.
—Oh, por un rato —dijo a la ligera—, pero no he tocado el trasto en más de dos meses.
Lo dijo tan bien que incluso Maggie se sintió tranquila. Solo había dudado durante una fracción de segundo para escuchar su respuesta, y se fue a la cama muy contenta.
Su satisfacción fue aún más profunda a la mañana siguiente cuando Laurie, llamándola a través del aire alegre y helado, la hizo detenerse en el desvío hacia el pueblo, camino de la iglesia.