Comenzó de nuevo aquel resuelto juego silencioso de la voluntad —descartando mediante una serie de esfuerzos las imágenes intelectuales del pensamiento—, ese juego de la voluntad que, al parecer, había afectado de un modo nuevo al muchacho de enfrente. No tenía idea de cuál sería la crisis, ni de cómo llegaría. Solo veía que había dado con un nuevo camino que conducía a alguna parte. Debía seguirlo.
Un pequeño sonido la despertó; abrió los ojos y levantó la vista.
Él había cambiado de postura, y por un momento su corazón dio un vuelco de esperanza.
Porque ahora estaba sentado inclinándose hacia adelante, con los codos en las rodillas y la cabeza entre las manos, y a la luz sombreada de la lámpara parecía estar temblando.
Ella también se movió, y el crujido de su vestido pareció llegar hasta él. Alzó la vista, y antes de volver a bajar la cabeza ella pudo verle claramente el rostro. Estaba reidor, silenciosa y arrolladoramente, sin emitir sonido alguno. …
Por un momento las náuseas la sacudieron con tanta fuerza que boqueó, llevándose las manos al cuello; y se quedó mirando aquella cabeza inclinada y aquellos hombros temblorosos con un horror que no había sentido antes.
La risa era peor que todo: y tardó un momento en advertir su irrealidad.
- Era como una máquina de reír.
- Y el silencio que la acompañaba le daba un matiz peculiar.
Luchó consigo misma, ahogando la desesperación que la embargaba. Valor y amor.
De nuevo se recostó sin hablar, cerrando los ojos para alejar el terror, y comenzó desesperada y resueltamente a inclinar de nuevo su voluntad