Su rostro capturaba el fulgor del este, y ella vio en él las líneas que hablarían por siempre de la angustia por la que había atravesado; y otra vez el terror en su corazón saltó al extremo opuesto, a pesar de su confianza, y le ordenó temer que por algún error, por alguna vergüenza convencional, él no dijera nada más.
Luego volvió sus atribulados ojos y le miró a la cara, y al mirarla el desasosiego se desvaneció.
—¡Vaya, Maggie! —dijo él.