añade ninguna nueva; que pone de relieve la estructura del carácter y de los motivos, tal como el agua al caer despeja las raíces enterradas de un árbol. Todo esto iba muy bien para la señora Baxter, cuyo carácter ya estaba plenamente formado, cabe esperar; pero no resultaba tan enteramente satisfactorio para la muchacha, aunque el proceso fuera bastante agradable.
Tras la misa y el desayuno pasaba la mañana como deseaba, supervisando pequeños detalles adicionales de la casa —planes de jardinería, las aves de corral y demás— y leyendo lo que le apetecía. La tarde se consagraba al paseo de la anciana; la noche hasta la cena, a lo que ella quisiera; y después de la cena, de nuevo a una apacible conversación. Pasaban muy pocas cosas. El vicario y su esposa cenaban allí de vez en cuando, y con aún menor frecuencia el padre Mahon. De uvas a peras había que patrocinar vagamente algunas funciones en la escuela del pueblo, en una atmósfera de tinta y gomina, y una moderada dosis de alegría bastante lúgubre y ceremoniosa vinculada a las grandes mansiones de los alrededores. La señora Baxter se dejaba ver de vez en cuando, una distinguida y aristocrática anciana de apacibles ojos y velo de encaje negro, y Maggie iba con ella.
El placer de esta vida fue creciendo constantemente en Maggie.
Era ella de esa fracción del mundo que encuentra que el entretenimiento radica, como el reino de Dios, en el interior. No deseaba en absoluto ser «entretenida», ni estimulada y distraída. Estaba perfecta y serenamente contenta con las aves, el jardín, sus pequeñas tareas elegidas, su religión y consigo misma.
El resultado fue, como ocurre siempre en tales casos, que comenzó a girar en torno a tres o cuatro líneas principales de pensamiento, y a avanzar considerablemente en el conocimiento de sí misma. Conocía bastante bien sus defectos; y no ignoraba sus virtudes.