Y ahora había llegado el día —sábado de gloria, casualmente— y lo vería antes de que cayera la noche. Él no había enviado respuesta a su primera carta; luego, por fin, esa mañana había llegado un telegrama anunciando su tren.
Se preguntaba con todas sus fuerzas aquella tarde qué iba a ver. En cierto modo estaba aterrorizada; en otro, sentía desprecio. Las pruebas eran de una confusión extraordinaria. Si él corría el peligro de enloquecer, ¿cómo era que el señor Cathcart le aconsejaba que lo llevara a una casa con solo dos mujeres y unas pocas criada? ¿Quién había además de este viejo caballero que llegara a soñar que semejante peligro era posible? ¿Cómo, si era tan evidente que ella misma vería el cambio, ocurría que otros —el señor Morton, por ejemplo— tampoco lo habían visto? Más que nunca cobró fuerza en su mente la teoría de que todo aquello estaba enormemente exagerado por parte de aquel viejo, y que lo único que le pasaba a Laurie era una cierta tensión nerviosa.
Y, a pesar de todo, a medida que avanzaba la tarde, sintió que los nervios se le tensaban.
Paseó un poco por el jardín mientras la anciana tomaba su siesta; entró a leerle de nuevo del librito encuadernado en pergamino cuando la luz de la tarde comenzó a desvanecerse.
Luego, después del té, fue por mandato expreso a comprobar por sí misma si la habitación de Laurie estaba como debía.
Le asaltó una extraña sensación de extrañeza al entrar; apenas sabía por qué; se dijo que era a causa de lo que había oído de él últimamente.
Pero todo estaba como debía estar. Había flores de primavera sobre la mesa y la repisa de la chimenea, y un agradable fuego en el hogar. Incluso resultó tranquilizador después de haber estado allí uno o dos minutos.