—¡Qué razón tiene! Y... ¿ha tenido usted alguna experiencia aquí? La señora Baxter la miró alarmada. Maggie soltó una carcajada interior irreprimible que, sin embargo, no dio la menor muestra de su presencia en sus serenos rasgos. Miró de reojo a Laurie, que comía cordero con aire abatido.
—Estaba hablando con el señor Vincent, el gran espiritista —continuó la otra con vivacidad—, la semana pasada sin ir más lejos. ¿Ha oído hablar de él, señora Baxter? Le sugería que cualquier lugar donde se hayan sentido grandes emociones queda teñido y manchado por ellas tan objetivamente como los muros viejos están gastados por la intemperie. Y tuve una conversación de lo más interesante, además, con el cardenal Newman sobre el tema —le sonrió radiante a Maggie, como para tranquilizarla respecto a su propia ortodoxia—, hace apenas seis semanas.
Se hizo un silencio embarazoso. El tenedor de la señora Baxter cayó sobre su plato.
“No entiendo —dijo con voz débil—. El cardenal Newman… sin duda…”
—Pues sí —dijo el otro amablemente—. Ya sé que a los oídos ortodoxos suena muy alarmante; pero para los que somos del Libre Pensamiento todas estas cosas nos resultan de lo más habituales. Desde luego, no hace falta que diga que el cardenal Newman ya no es... pero tal vez sea mejor que no siga.
Miró a Maggie con picardía.
—Oh, por favor, sigue —dijo Maggie amablemente—. Decías que el cardenal Newman...
—Querida señorita Deronnais, ¿está segura de que no se va a ofender?
—Siempre me alegra recibir nueva luz —dijo Maggie solemnemente.