Sobre los tejados de Kensington empezaba a hacerse visible una bruma, tan imperceptible como una madeja de humo; pero ahí estaba. Se sentía también un poco lánguida. Quizá había caminado demasiado. Descansaría un rato después de almorzar, si a la queridísima Maud no le importaba; pues la queridísima Maud iba a almorzar con ella, como era habitual los domingos en que el Coronel estaba fuera.
Al bajar, más despacio que nunca, por la ancha y opuesta acera de Queen’s Gate, a través del silencio y la vacuidad del domingo —pues las campanas de la iglesia habían enmudecido hacía mucho—, advirtió que venía hacia ella, con paso pausado, un viejo caballero con levita y sombrero de copa de aspecto ligeramente anticuado, con polainas y guantes, que llevaba las manos a la espalda, como si esperara a que se le uniera algún amigo de una de las casas. Notó que la miraba a través de sus lentes, pero no le dio más importancia hasta que subió los escalones de su propia casa. Entonces la sobresaltó el ruido de unos pasos apresurados y una voz.
—Le ruego me disculpe, señora...
Se giró, con la llave en la cerradura, y allí estaba él, sombrero en mano.
—¿Tengo el placer de hablar con Lady Laura Bethell?
Había un agradable y enérgico tono en su voz que la inclinaba bastante favorablemente hacia él.
“¿Hay algo… ? ¿Quería hablar conmigo… ? Sí, soy Lady Laura Bethell”.
—Me dijeron que estaba en la iglesia, señora, y que los domingos no recibe visitas.
—Eso es muy cierto. … ¿Puedo preguntar … ?