Allí arriba, en el gran salón vacío, el ruido del viento y de la lluvia, el golpeteo casi continuo en los cristales y el largo ulular de las ráfagas habían sido mucho más perceptibles que en el sótano de abajo.
Abajo, el grupo había actuado con naturalidad y normalidad, hablando de esto y aquello en una habitación brillantemente iluminada, centrándose únicamente en asuntos que caían dentro del alcance de sus sentidos, arrullados por el calor, la comida y el humo de los puros en una especie de éxtasis ensimismado.
Pero aquí arriba, en la penumbra, iluminados para la ocasión por una sola vela con pantalla, en un completo silencio interior, tres personas llevaban más de una hora sentadas alrededor de una mesa, esforzándose mediante la pasividad y una especie de concentración indescriptible por ignorar todo aquello que los sentidos les presentaban, y por aguardar algún movimiento de aquello que se halla más allá de ellos.
Lady Laura se había sentado aquella noche en un estado mental que no podía analizar.
No es que sus inquietudes se hubieran calmado tanto como contrarrestado; seguían allí, a la vez lacerantes y pesadas, pero en el otro lado estaban el aire seguro del médium, su sensatez y su personalidad, así como el entusiasmo de su amiga y sus asombrados reproches.
Había decidido transigir, no porque estuviera satisfecha, sino porque, en conjunto, la ansiedad se veía superada por la confianza. No habría podido tomar medidas en tales circunstancias, pero al menos podía abstenerse de hacerlo.
Laurie, como el señor Parker había notado, había estado «como callado»; apenas había dicho nada en realidad, pero una tensión nerviosa