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nydus/The NecromancersPublic
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II

Le había oído hablar por primera vez sobre el tema en una pequeña cena de solteros para cuatro en las habitaciones de un amigo común; y, mientras escuchaba, había tenido la misma sensación que uno experimentaría al oír a un ministro, digamos, discutiendo sobre críquet callejero con entusiasmo. Cathcart había dicho toda clase de cosas una vez que se había puesto en marcha⁠—todo ello con ese aire de presteza empresarial que le era tan característico y tan desconcertante en un contexto así.

Si se hubiera disculpado por ello como por una debilidad amable, si hubiera mostrado la más mínima vergüenza o actitud autocrítica, la cosa habría cambiado; uno se lo habría perdonado como se perdona cualquier pequeña excentricidad fuera de lo común. Pero oírle hablar de la materialización como de un proceso tan normal (aunque inusual) como la producción del radio, y de la planchette como de la telegrafía sin hilos —como de hechos establecidos e indudables, aunque fuera del alcance de la experiencia común—, esto era lo que había asombrado a aquel hombre tan práctico.

Cathcart había insinuado también otras cosas⁠—cosas sobre las que no quiso explayarse⁠—de una naturaleza aún más desconcertantemente imposible; asuntos que Morton apenas habría creído creíbles ni para los más oscuros medievalistas; y todo ello con ese mismo humor agudo y sensato que confería un aire de realidad a cuanto decía.

Para los jóvenes idiotas y románticos como Laurie Baxter tales cosas no resultaban tan irremediablemente incongruentes, aunque obviamente le sentaban mal; todo aquello formaba parte de la crédula insensatez de una juventud piadosa; pero para Cathcart, de sesenta y dos años, un abogado con un bufete próspero, una esposa, dos hijas ya crecidas y fama de tener un juicio excepcionalmente sensato y sagaz, ¡ni se sabe! Pero hay que recordar que ¡era católico!

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