Dos veces durante la cena se había oído el sordo golpe de masas de nieve al caer del tejado sobre el césped de afuera, y el brillo nítido de las velas había parecido un poco tenue y borroso. > «Sería un consuelo poder volver al jardín», había reflexionado
Y ahora que los dos se sentaban aquí en el silencio sin viento, el deshielo se hacía más evidente a cada instante. El silencio era profundo, y los pequeños ruidos de la noche exterior —el goteo de los aleros lento y deliberado, el crujido de las hojas liberadas y hasta el suave golpe sordo en el césped de las ramas del tejo—, todo esto ayudaba a enfatizar la quietud. No era como el murmullo del día; era más bien como el roer de un ratón en el arrimadero de alguna cámara mortuoria.
Se requiere de unos nervios de una fortaleza casi sobrenatural para sentarse por la noche, tras una conversación de este tipo, frente a una persona aparentemente razonable que está pálida y convulsionada por el terror, incluso aunque uno se abstenga resueltamente de mirarla, sin verse afectado en lo más mínimo.
Uno puede argumentar consigo mismo hasta el cansancio, golpear el suelo con el pie alegremente, llenar la mente con esmero con pensamientos normales; aun así, es algo parecido a un conflicto, por muy victorioso que uno resulte.
Hasta la propia Maggie se dio cuenta de esto.
No era que ahora, ni por un solo instante, admitiera que los dos pequeños y repentinos ruidos en la habitación pudieran proceder de ninguna otra causa que no fuera la que ella había afirmado: la relajación de la madera endurecida bajo la influencia del deshielo. Tampoco todos los argumentos de Laurie habían logrado quebrantar lo más mínimo su firme convicción de que no había nada en absoluto