otra vez las uñas, consciente con una leve sensación de bienestar de aquellos músculos tenensos que ondulaban bajo su piel floja y franjeada. Pronto entrarían en acción. Y, al hacerlo, se asomó por encima del pretil, seis pies más arriba, en lo alto del enrejado por el que pronto ascendería, otra cabecita resuelta de orejas de puntas romas, y una voz suave e indescriptible profirió un insulto amable. Era su amigo... y, bien lo sabía él, en algún altozano al fondo aguardaba una joven hembra hermosa, de orejas aplastadas y cola ondulante, a la espera de las caricias del vencedor.
Al ver la cabeza sobre él, para los ojos humanos una silueta sin forma, para los suyos un dibujo trazado a lápiz gris perfecto en todos sus detalles, detuvo su estiramiento.
Luego se sentó hacia atrás, acomodó su rabo y levantó la cabeza para responder.
El aullido que brotó de él, aún no fortissimo, resonó en los oídos humanos como poco más que un lamento suave y desolado, pero para quien estaba sentado arriba superaba en insolencia incluso su propia ofensa cuidadosamente modulada.