la rodilla de su amiga, como para participar de aquel contento —para comprobarlo mediante la participación, por decirlo de algún modo.
—No parece haberte hecho mucho daño —dijo ella.
“No, gracias; estoy sumamente bien y muy contento. Ya he mirado por la puerta una vez, sin desearlo lo más mínimo; y no tengo ganas en absoluto de volver a mirar. No es una vista bonita”.
—Pero en cuanto a... este... la religión —dijo la chica más joven con cierta incomodidad.
—¡Oh!, la religión está bien —dijo Maggie—. La Iglesia me da justa y exactamente la porción de todo eso que me conviene; y, por lo demás, simplemente me manda estar tranquila y no molestarme... sobre todo, no mirar ni escudriñar. A los entrometidos nunca les dicen nada bueno: y supongo que eso mismo pasa con los demás sentidos también. En cualquier caso, voy a hacer todo lo posible por no preocuparme de otra cosa que no sean mis propios asuntos.