En Stantons las señoras se retiraban temprano a la cama. A las diez en punto se oyó en el vestíbulo un tintineo de candeleros de dormitorio, seguido por el ruido de puertas al cerrarse con llave. Esta era la señal. La señora Baxter dejó a un lado su bordado con la puntualidad de una religiosa al oír una campana, y pronunció dos palabras—
“Mis queridos”.
De vez en cuando se oían exclamaciones y protestas de los dos que estaban en la mesa de piquet, pero en nueve de cada diez casos la partida se había calculado con un ojo puesto en el reloj, y apenas si se producía demora alguna.
La señora Baxter besó a su hijo y pasó su brazo por el de Maggie. Laurie los siguió; les dio las velas y finalmente cogió una para él.
Pero esta tarde no hubo piquet. Laurie se había quedado más tarde de lo habitual en el comedor y había deambulado con cierta inquietud cuando se había reunido con los demás. Miró un periódico vespertino de Londres durante un rato, caminó de un lado a otro, volvió a desaparecer y solo regresó cuando las señoras se disponían a marchar. Entonces les dio sus palmatorias y él mismo volvió al salón.
De hecho, se encontraba en un estado de ánimo mucho más alterado y excitado de lo que incluso Maggie se había imaginado.
Ella lo había interrumpido a mitad del libro, pero él había vuelto a leer sin pausa hasta cinco minutos antes de la cena y, en efecto, había regresado para terminarlo después.
Ahora ya lo había terminado; y quería pensar.