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nydus/The NecromancersPublic
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I

Todo aquello había sido un asunto terrible; Laurie, como es costumbre en cierto tipo de joven varón, había conocido, hablado y, en última instancia, besado a esta Amy Nugent en una cierta tarde de verano mientras salían las estrellas; pero, con una caballerosidad no tan común en tales casos, también se había enamorado de ella sincera y sencillamente, con un romanticismo que por lo general se reserva para afectos mejor correspondidos. Por la conversación de Laurie, parecía que Amy poseía todas las gracias del cuerpo, la mente y el alma requeridas en alguien que había de ser la señora de la gran casa; no se trataba, según explicaba Laurie, de un asunto de lechera en absoluto; él no era el hombre, decía, para hacer el tonto por una cara bonita. No, Amy era un alma rara, una flor que crecía en un suelo pedregoso —arenoso tal vez fuera la mejor palabra—, y era su firme intención hacerla su esposa.

Luego habían seguido todos los argumentos conocidos por las madres, pues no era probable que ni siquiera la señora Baxter aceptara sin dar batalla a una nuera que, cinco años antes, le había hecho una reverencia vistiendo un delantal y llevando en unas manos bastante grandes una cesta con huevos a su puerta trasera. Luego había accedido a ver a la muchacha, y la entrevista en el jardín la había dejado más angustiada que nunca. (Fue allí donde había tenido lugar el incidente de la hache). Y así había continuado la lucha; Laurie había protestado, montado en cólera, se había amurrado, refugiándose alternativamente en la retórica y en la dignidad; y su madre, con suave persistencia, se había opuesto, había guardado silencio, argumentado y resistido, combatiendo paso a paso contra lo inevitable, buscando reconciliar a su hijo mediante el patetismo y a su Dios mediante la súplica; y entonces, en un instante, hacía apenas cuatro días, parecía que este último había prevalecido; y hoy Laurie, con un traje negro, desgarrado por el dolor, a esta misma hora en que las dos damas estaban sentadas charlando en el salón, estaba de pie

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