Ingraham había venido a San Francisco con el propósito de abrir un club de juego, y todas nuestras investigaciones habían tendido a demostrar que sus actividades mientras estuvo en la ciudad se habían orientado únicamente hacia ese fin.
Las huellas dactilares que Phels había conseguido resultaron pertenecer todas a Stacey, la criada, a los detectives de policía o a mí mismo. En resumen, ¡no habíamos encontrado nada!
Tantos intentos nuestros por conocer el motivo detrás de los tres asesinatos, y al final, nada.
Abandonamos entonces ese ángulo y nos dedicamos a la labor rutinaria, de estudio minucioso y agotadora paciencia, de seguir el rastro del asesino. Desde cualquier crimen hasta su autor hay un rastro. Puede ser —como en este caso— oscuro; pero, dado que la materia no puede moverse sin alterar otra materia a lo largo de su trayectoria, siempre hay —debe haber— un rastro de algún tipo. Y encontrar y seguir tales rastros es para lo que le pagan a un detective.
En el caso de un asesinato a veces es posible tomar un atajo hasta el final de la pista, encontrando primero el móvil. El conocimiento del móvil a menudo reduce el campo de posibilidades; a veces apunta directamente al culpable. Es debido a esto que los asesinos son, por regla general, más fáciles de apresar que cualquier otra clase de criminales.
Pero el conocimiento del motivo no es indispensable; bastantes misterios de asesinato se resuelven sin su ayuda. Y en una proporción razonable —digamos que del diez al veinte por ciento— de los casos en que los hombres son condenados justamente por asesinato, el motivo no se muestra con claridad ni siquiera al final, y a veces apenas se adivina.