Me le fui a la yugular. Pero cuando llegó a Oakland temprano esa noche, seguía aferrado a su declaración original: que Gantvoort era el único de los pretendientes de su hermana sobre el que sabía algo. Y supe que había metido la pata, que había menospreciado a Madden Dexter, que había jugado mal mis cartas al intentar extorsionarlo con demasiada rapidez —al ir demasiado al grano en lo que me interesaba—. O era mucho más fuerte de lo que había calculado, o su interés en encubrir al asesino de Gantvoort era mucho mayor de lo que había creído.
Pero tenía al menos esto: si Dexter mentía —y cabían pocas dudas al respecto—, entonces Gantvoort había tenido un rival, y Madden Dexter creía o sabía que ese rival había matado a Gantvoort.
Cuando bajamos del tren en Oakland supe que estaba vencido, que no iba a decirme lo que quería saber, al menos no esa noche. Pero me aferré a él, me quedé pegado a su lado cuando subimos al transbordador con destino a San Francisco, a pesar de lo evidente que era su deseo de librarse de mí. Siempre existe la posibilidad de que ocurra algo inesperado; así que seguí acosándolo a preguntas mientras nuestro barco salía del muelle.
Pronto se acercó un hombre hacia donde estábamos sentados: un hombre corpulento y grande con un abrigo claro, que llevaba un bolso negro.
—¡Hola, Madden! —saludó a mi compañero, acercándose a él con la mano extendida.
—Acabo de llegar y trataba de recordar tu número de teléfono —dijo, dejando su maleta, mientras se estrechaban la mano calurosamente.
Madden Dexter se volvió hacia mí.