Quayle volvió a asentir.
—Fui un maldito descuidado —dijo, y luego hizo un gesto despectivo con el pulgar hacia la muchacha—. ¿Pero qué se puede esperar? Ha estado hasta las manitas de opio desde que salimos. Me ha costado todo mi tiempo y atención evitar que se volviera loca y arruinara todo. Lo de hace un momento fue una muestra: ¡le dije que venía usted y se vuelve loca e intenta añadir su cadáver al desastre!
El reencuentro de los Gatewood tuvo lugar en el despacho del capitán de inspectores, en la segunda planta del ayuntamiento de Oakland, y fue una pequeña y alegre reunión. Durante una hora estuvo en duda si Harvey Gatewood moriría de apoplejía, estrangularía a su hija o la mandaría a un reformatorio estatal hasta que fuera mayor de edad. Pero Audrey pudo con él. Además de ser tal palo tal astilla, era lo suficientemente joven como para despreocuparse de las consecuencias, mientras que a