La parte del sótano donde nos encontrábamos medía unos veinte por veinte pies y era más negra que zapato nuevo.
Había dos puertas.
- Una, en el lado opuesto, daba al patio y estaba, según suponía, cerrada con llave.
- Yo estaba tendido boca arriba sobre la otra, esperando un par de piernas que agarrar.
Zumwalt, con una pistola a la que solo le quedaba una bala gastada, andaba por algún lugar de la oscuridad, consciente, por su silencio, de que yo seguía vivo.
Supuse que le llevaba ventaja. Yo estaba más cerca de la única salida practicable; él no sabía que iba desarmado; no sabía si tenía ayuda cerca o no; el tiempo era valioso para él, pero no necesariamente para mí. Así que esperé.
El tiempo pasó. Cuánto,