“Vivía en el Hotel Francisco mientras estuvo en San Francisco. Al cabo de un par de semanas, desapareció de repente. Y entonces, hace más o menos un mes, recibí un telegrama suyo pidiéndome que fuera a verlo a su casa cerca de Sacramento. Fui al día siguiente mismo, y me pareció que estaba actuando de un modo muy extrañó; parecía muy entusiasmado por algo. Me dio un testamento que acababa de redactar y unas pólizas de seguro de vida en las que yo era el beneficiario.
“Inmediatamente después de aquello insistió en que regresara a casa, y dio a entender con bastante claridad que no deseaba que volviera a visitarle ni a escribirle hasta que tuviera noticias suyas. Todo aquello me pareció bastante peculiar, ya que siempre había tenido afecto por mí. No le volví a ver nunca más.”
—¿Cuál era este invento en el que estaba trabajando?
“Realmente no lo sé. Se lo pregunté una vez, pero se puso tan nervioso —hasta sospechoso— que cambié de tema y nunca más volví a mencionarlo”.
—¿Estás seguro de que de verdad se dedicó a la mar todos esos años?
“No, no lo soy. Simplemente lo di por sentado; pero puede que estuviera haciendo algo completamente distinto”.
«¿Estuvo casado alguna vez?»
“No que yo sepa”.
“¿Conoces a alguno de sus amigos o enemigos?”
“No, ninguno”.
“¿Te acuerdas del nombre de alguien que alguna vez haya mencionado?”
“No.”