“Luego ese gordito” —refiriéndose a mí— “fue anoche al hotel y poco menos que me dio a entender que creía que yo me había cargado a Henny y que más me valía presentarme aquí esta mañana. Fui a toda leche a casa de Farr enseguida para ver si debía pirarme o quedarme quieto, y Farr me dijo: «¡Quédate quieto!». Así que me quedé allí toda la noche y esta mañana me ha curado las manos. ¡Esa es mi versión!”
Phels se volvió hacia Farr.
“He visto grabados falsificados antes, pero ninguno tan bueno. ¿Cómo lo hiciste?”
Estas aves científicas son divertidas. Ahí estaba Farr contemplando la perspectiva de una larga temporada a la sombra como «cómplice después del delito», y sin embargo se iluminó ante la admiración en el tono de Phel y respondió con una voz rebosante de orgullo.
—¡Es muy sencillo! Conseguí a un hombre cuyas huellas sabía que no estaban en ningún archivo policial —no quería ningún tropiezo por ese lado— y tomé sus huellas y las puse en una plancha de cobre, usando el proceso fotograbado ordinario, pero grabándolas bastante hondo. Luego unté los dedos de Clane con gelatina —lo justito para cubrir todas sus marcas— y los presioné contra las planchas. De esa forma lo conseguí todo, hasta los poros, y…
Cuando salí de la oficina diez minutos más tarde, Farr y Phels seguían sentados rodilla con rodilla, parloteando el uno con el otro como solo pueden hacerlo dos pájaros que están chiflados por el mismo tema.