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Eso

con puertas que daban al pasillo, a la oficina exterior y a la de Zumwalt.

—Mientras echo un vistazo, podría conseguirme una lista de los números de serie de los bonos desaparecidos —dije—. Probablemente no nos ayudarán de inmediato, pero podemos hacer que el Departamento del Tesoro nos avise cuando lleguen los cupones y de dónde.

No esperaba encontrar nada en la oficina de Rathbone y no encontré nada.

Antes de marcharme interrogué al estenógrafo y al contable. Ya sabían que Rathbone había desaparecido, pero no sabían que los bonos también se habían esfumado.

La muchacha, Mildred Narbett se llamaba, dijo que Rathbone le había dictado un par de cartas el veintiséis⁠—el día que partió hacia Nueva York⁠—, ambas relacionadas con los asuntos del socio, y le había ordenado que enviara a Quimby a facturar su equipaje y hacerle las reservas. Cuando regresó del almuerzo, había mecanografiado las dos cartas y se las había llevado para que las firmara, atrapándolo justo cuando estaba a punto de irse.

John Quimby, el tenedor de libros, describió el equipaje que había facturado: dos grandes maletas de piel de cerdo y una bolsa Gladstone de cuero cordobán. Con una mente de tenedor de libros, había recordado el número de la litera que había conseguido para Rathbone en el tren de la tarde: la inferior 4, coche 8. Quimby había regresado con los resguardos y los billetes mientras los socios estaban almorzando, y los había dejado sobre el escritorio de Rathbone.

En el hotel de Rathbone me dijeron que él había salido la mañana del veintintisiete, dejando su habitación pero conservando allí sus dos baúles, ya que pensaba vivir allí tras su regreso de Nueva York, dentro de tres o

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