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nydus/Continental Op StoriesPublic
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II. “¡Eso es algo!”

Whipple aguardaba en la sala de reuniones cuando llegamos al cuartel general. Su rostro, a primera vista, era tan terso y carente de expresión como cuando me había dejado entrar en la casa de Russian Hill a principios de la noche. Pero bajo sus perfectos modales de sirviente, se estreme- cía y temblaba.

Lo llevamos a la pequeña oficina donde habíamos interrogado a Charles Gantvoort.

Whipple confirmó todo lo que el hijo del muerto nos había dicho. Estaba seguro de que ni la máquina de escribir, ni el cofre de joyas, ni los dos cartuchos, ni la billetera más nueva habían pertenecido a Gantvoort.

No conseguimos que expresara su opinión sobre los Dexter con palabras, pero se veía fácilmente que los desaprobaba.

La señorita Dexter, dijo, había llamado por teléfono tres veces esa noche, como a las ocho, a las nueve y a las nueve y media. Había preguntado por el señor Leopold Gantvoort en cada ocasión, pero no había dejado ningún recado.

Whipple era de la opinión de que ella estaba esperando a Gantvoort, y él no había llegado.

No sabía nada, dijo, de Emil Bonfils ni de ninguna carta amenazante.

Gantvoort había estado fuera la noche anterior desde las ocho hasta la medianoche. Whipple no lo había visto con suficiente detalle cuando regresó como para decir si parecía alterado o no. Gantvoort solía llevar unos cien dólares en los bolsillos.

—¿Hay algo que sepa usted que Gantvoort llevaba encima esta noche que no esté entre estas cosas sobre el escritorio? —preguntó O’Gar.

—No, señor. Todo parece estar aquí —reloj y cadena, dinero, libreta de notas, cartera, llaves, pañuelos, pluma estilográfica—, todo lo que yo

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