Volví a la agencia y me planté al alcance de un teléfono, esperando noticias de Dick y Bob. Creía que lo tenía todo bajo control. Clane había estado chantajeando a Grover —de eso no me cabía la menor duda— y no creía que hubiera estado muy lejos cuando mataron a Grover. ¡Esa coartada suya de la mujer sonaba de lo más sospechosa!
Pero las huellas dactilares ensangrentadas no eran las de Clane—a menos que el departamento de identificación de la policía hubiera metido la pata hasta el fondo—, y el hombre que había dejado las huellas era el pájaro al que yo le había echado el ojo.
Clane había dejado pasar tres días entre el asesinato y su presentación en la comisaría. La explicación natural para eso habría sido que su socio, el asesino verdadero, había necesitado casi ese tiempo para poner pies en polvorosa.
Mi juego actual era sencillo: había inquietado a Clane haciéndole saber que aún era sospechoso, con la esperanza de que tuviera que repetir cualesquiera que fuesen las precauciones necesarias para proteger en un principio a su cómplice.
Entonces le había tomado tres días. Ahora le estaba dando unas nueve horas: tiempo suficiente para hacer algo, pero no demasiado tiempo, esperando que tuviera que apresurar las cosas y que, en su prisa, les diera a Dick y a Bob la oportunidad de dar con su socio: el dueño de los dedos que habían manchado de sangre el cuchillo, la mesa y la puerta.
A cuarto para la una de la mañana, Dick llamó por teléfono para decir que Clane había salido del hotel unos minutos después que yo, se había dirigido a un edificio de apartamentos en la calle Polk y todavía seguía allí.
Subí hasta la calle Polk y me reuní con Dick y Bob. Me dijeron que Clane había entrado en el apartamento número 27, y que el directorio del