Se movía como un rayo y su aire taciturno me descuidó un poco; pero volví la cabeza a tiempo de recibir el golpe por encima de la oreja en vez de en la barbilla.
Con eso, me levantó del suelo y no habría apostado ni un centavo a que no me había hundido el cráneo; pero la suerte estuvo de mi parte y caí atravesando el umbral, manteniendo la puerta abierta, y me las arreglé para incorporarme de un salto, tropezar por algunas habitaciones y atrapar uno de sus pies justo cuando atravesaba la ventana del baño para reunirse con el otro en la escalera de incendios.
Me rompí el labio y me llevé un puntapié en el hombro en el forcejeo, pero al cabo entró en razón.
No me detuve a mirar sus cosas—eso se podría hacer con más calma después—, sino que lo subí a un taxi y lo llevé al Palacio de Justicia. Temía que, si esperaba demasiado, Clane me diera esquinazo.
A Clane se le cayó la boca abierta al ver a Farr, pero ninguno de los dos dijo nada.
Me sentía bastante animado a pesar de mis moretones.
—Vamos a sacarle las huellas digitales a este pájaro y acabemos de una vez —le dije a O’Hara.
Dean no estaba.
“Y echen un ojo a Clane. Creo que tal vez nos contará otra historia en unos minutos”.
Entramos en el ascensor y subimos a nuestros hombres al negociado de identificación, donde pusimos los dedos de Farr sobre la almohadilla. Phels —es el experto del departamento— le echó un vistazo a los resultados y se volvió hacia mí.