Hilary Gallaway, Shand—que había vuelto a venir desde la ciudad— y yo tomábamos café con cigarrillos en la cocina, mientras el resto de la casa ayudaba al doctor Rench a luchar por la vida de Exon. El anciano había pasado por suficientes emociones en los últimos tres días como para matar a un hombre sano, y mucho más a un convaleciente de neumonía.
—¿Pero por qué querría matarla el viejo demonio? —me preguntó Gallaway.
—Qué sé yo —confesé, quizás un poco impaciente—. No sé por qué quería matarla, pero es seguro que lo hizo. La pistola apareció justo en el lugar donde pudo haberla arrojado al oír que yo venía. Yo estaba en la habitación de la chica cuando le dispararon, llegué a la ventana de Exon sin perder mucho tiempo y no vi nada. Usted mismo, al volver de Knownburg en coche y llegar aquí justo después de los disparos, no vio a nadie salir por el camino; y juro por lo mires que nadie pudo haberse ido en ninguna otra dirección sin que alguno de los peones o yo los viéramos.
—Y entonces, esta noche, le dije a Exon que la muchacha se recuperaría si no se arrancaba las vendas; lo cual, aunque bastante cierto, le dio la idea de que ella había estado intentando arrancárselas. Y a partir de eso urdió un plan para arrancárselas él mismo —sabiendo que le habían administrado un opiáceo, tal vez— y pensando que todo el mundo creería que se las había arrancado ella sola. Y estaba poniendo ese plan en práctica —había arrancado un trozo de cinta adhesiva— cuando lo detuve. La disparó intencionadamente, y punto. Tal vez no podría probarlo en un tribunal sin saber por qué; pero sé que lo hizo. Pero el médico dice que difícilmente vivirá para ser juzgado; se suicidó intentando matar a la muchacha.
“Tal vez tengas razón” —y la mueca burlona de Gallaway brilló hacia mí—, “pero aun así eres un maldito detective. ¿Por qué no sospechaste de mí?”.
—Eso hice —le devolví la sonrisa—, pero no lo suficiente.
—¿Por qué no? Puede que esté cometiendo un error —arrastró las palabras—. Sabe que mi habitación está justo enfrente de la suya, y yo podría haber salido por mi ventana, haberme arrastrado por el porche, haberle disparado y luego haber vuelto corriendo a mi habitación, aquella primera noche.
“Y en la segunda noche—cuando usted estaba aquí—debe saber que salí de Knownburg con tiempo de sobra para haber venido hasta aquí, aparcar el coche un poco más allá, hacer esos dos disparos, acercarme sigilosamente a la sombra de la casa, volver corriendo a mi coche y luego llegar conduciendo muy inocentemente hasta el garaje. Debería saber también que mi reputación no es precisamente buena—que se supone que soy una alhaja—; y bien sabe que el viejo no me cae en gracia. Y como móvil, está el hecho de que mi mujer es la única heredera de Exon. ¿Qué más quiere? Espero—alzó las cejas con un dolor fingido— que no crea que tengo ningún escrúpulo moral en cometer un asesinato bien pensado de vez en cuando”.
Me reí.
“No.”
—¿Y bien?
“Si Exon hubiera muerto esa primera noche, y yo hubiera venido aquí, llevarías mucho tiempo haciendo tus bromas entre rejas. Y si lo hubieran matado la segunda noche, incluso, podría haberte atrapado. Pero no te imagino como un hombre que arruinaría un trabajo tan fácil, al menos no dos veces. No habrías fallado y luego huido, dejándolo con vida”.
Se estiró para tomar mi mano y la estrechó con gravedad.
“Es reconfortante que a uno le aprecien sus pocas virtudes”.
Antes de que Talbert Exon muriera, mandó a llamarme. Quería morir, dijo, con su curiosidad satisfecha; y así intercambiamos información. Yo le conté cómo había llegado a sospechar de él —más o menos lo mismo que le había dicho a su yerno— y él me contó por qué había intentado matar a Barbra Caywood.
Catorce años atrás había matado a su mujer; no por el seguro, como se había sospechado, sino en un arrebato de celos.
Sin embargo, había encubierto tan minuciosamente las pruebas de su culpa que jamás lo habían llevado a juicio; pero el asesinato le había pesado al punto de convertirse en una obsesión.
Él sabía que nunca se traicionaría a sí mismo conscientemente —era demasiado astuto para eso— y sabía que jamás se encontraría una prueba de su culpa. Pero siempre existía la posibilidad de que alguna vez, en estado de delirio, en sueños o borracho, dijera lo suficiente como para llevarlo a la horca.
Pensaba en este aspecto con demasiada frecuencia, hasta que se convirtió en un miedo enfermizo que lo acosaba siempre. Había dejado de beber —eso era fácil—, pero no habíamanera de protegerse contra las otras cosas.
Y uno de ellos, dijo, finalmente había ocurrido. Le había dado neumonía, y durante una semana había estado delirando, y había hablado. Al salir del delirio de esa semana, le había preguntado a la enfermera.
Ella le había dado respuestas evasivas, no quería decirle de qué había hablado, qué había dicho. Y entonces, en momentos de descuido, había descubierto que los ojos de ella se posaban en él con repugnancia, con una intensa repulsión.
Él supo entonces que había balbuceado sobre el asesinato de su esposa; y comenzó a idear planes para deshacerse de la enfermera antes de que ella repitiera lo que había escuchado.
Mientras ella permaneciera en su casa, se consideraba a salvo. No se lo diría a extraños, y tal vez durante un tiempo no se lo dijera a nadie. La ética profesional la mantendría callada, tal vez; pero no podía permitir que ella saliera de su casa con el conocimiento de su secreto.
Diariamente y en secreto, había puesto a prueba sus fuerzas, hasta saberse lo suficientemente fuerte como para caminar un poco por la habitación y sostener un revólver con pulso firme. Su cama estaba colocada por fortuna para sus propósitos —en línea directa con una de las ventanas, la puerta de comunicación y la cama de la muchacha—. En una vieja caja de caudales dentro de su armario —y nadie más que él había visto jamás las cosas de esa caja— había un revólver; un revólver cuyo origen no se le podía vincular de ninguna manera.
En la primera noche, había sacado esta pistola, se había alejado un poco de su cama y había disparado una bala contra el marco de la puerta. Luego había saltado de nuevo a la cama, ocultando la pistola bajo las mantas —donde a nadie se le ocurrió buscarla— hasta que pudo devolverla a su caja.
Esa había sido toda la preparación que necesitaba. Había establecido un intento de asesinato dirigido contra su propia persona; y había demostrado que una bala disparada hacia él podía pasar fácilmente cerca —y por lo tanto a través— de la puerta comunicada.
En la segunda noche, había esperado hasta que la casa pareció en silencio. Luego había espiado a la muchacha a través de una de las rendijas del biombo japonés, a quien podía ver con la luz reflejada de la luna.
Había descubierto, sin embargo, que cuando se alejaba del biombo lo suficiente para que este no sufriera marcas de pólvora, no podía ver a la muchacha, al menos mientras estaba acostada. Así que primero había disparado contra el marco de la puerta —cerca de la bala de la noche anterior— para despertarla.
Ella se había incorporado en la cama de inmediato, gritando, y él le había disparado. Tenía la intención de dispararle otro tiro al cuerpo —para asegurarse de su muerte—, pero mi acercamiento lo había hecho imposible, al igual que ocultar el arma; así que, con las fuerzas que le quedaban, había arrojado el revólver por la ventana.
Murió esa tarde, y volví a San Francisco.
Pero ese no era del todo el final de la historia.
En el curso ordinario de los negocios, el departamento de contabilidad de la agencia le envió a Gallaway una factura por mis servicios. Con el cheque que envió por correo de vuelta, adjuntó una carta dirigida a mí, de la cual cito un párrafo:
No quiero que te pierdas lo mejor de todo el asunto. La encantadora Caywood, cuando se recuperó, negó que Exon hubiera hablado de asesinato ni de ningún otro crimen durante su delirio. El motivo del rechazo con el que pudo haberlo mirado después, y la razón por la cual no quiso decirle lo que él había dicho, fue que toda su conversación durante esa semana de delirio había consistido en un flujo ininterrumpido de obscenidades y blasfemias, las cuales parece que indignaron profundamente a la muchacha.