Dos días más tarde todo quedó aclarado a satisfacción de la policía, la prensa y el público.
El Silbador había sido encontrado en una calle oscura, muerto desde hacía horas a causa de una puñalada en la espalda, asesinado en una guerra de contrabando de alcohol, según supe. Se encontró a Hoo Lun. Se encontró al chino de dientes de oro que le había abierto la puerta a Lillian Shan. Se encontró a otros cinco. Estos siete, junto con Yin Hung, el chófer, acabaron recibiendo una condena de cadena perpetua cada uno.
Eran los hombres de El Silbador, y Chang los sacrificó sin pestañear. Tenían tan pocas pruebas de la complicidad de Chang como yo, así que no pudieron defenderse, ni siquiera sabiendo que Chang me había proporcionado la mayor parte de las pruebas en su contra.
Nadie más que la muchacha, Chang y yo sabíamos nada sobre la parte de Garthorne, así que él estaba fuera, con la libertad de pasar la mayor parte de su tiempo en la casa de la muchacha.
No tenía pruebas para relacionar a Chang, no podía conseguirlas. A pesar de su patriotismo, habría dado mi ojo derecho por despachar al viejo. Eso habría sido algo digno de contar en casa. Pero no había habido la menor posibilidad de atraparlo, así que tuve que conformarme con hacer un trato por el cual él me entregaba todo excepto a sí mismo y a sus amigos.
No sé qué fue de Hsiu Hsiu, la esclava chillona. Se merecía salir bien librada de todo aquello. Podría haber vuelto a lo de Chang para preguntar por ella, pero me mantuve alejado. Chang se había enterado de que la medalla de la fotografía era falsa. Recibí una nota suya:
Saludos y Gran Amor al Descubridor de Secretos:
Aquel cuyo fervor patriótico e innata estupidez se combinaron para cegarle, de modo que rompió una valiosa herramienta, confía en que los caprichos del tráfico mundano no vuelvan a poner jamás sus débiles entendederas en oposición a la irresistible voluntad y al deslumbrante intelecto del Emperador de los Desenredadores.
Puedes tomarlo como quieras. Pero conozco al hombre que lo escribió, y no me importa admitir que he dejado de comer en restaurantes chinos, y que si no vuelvo a visitar el Barrio Chino en lo que me queda de vida, será demasiado pronto.