agradable, el cansancio era agradable. Pero las bocinas me atormentaban. Las maldije con petulancia y decidí nadar hasta dejar de oírlas, para luego, en la quietud de la niebla amiga, quedarme dormido. …
De vez en cuando me entraba el sueño, para verme aguijoneado hacia la vigilia por la voz ululante de una sirena.
“¡Esos malditos cuernos! ¡Esos malditos cuernos!”, me quejé en voz alta, una y otra vez.
Uno de ellos, descubrí al poco tiempo, se me venía ENCIMA por detrás, cada vez más fuerte y sonoro. Me giré y esperé. Unas luces, tenues y empañadas, aparecieron en el horizonte.
Con exagerada precaución para evitar hacer el menor ruido, me alejé nadando hacia un lado. Cuando esta molestia pasara, podría irme a dormir. Solté una risita ahogada para mis adentros a medida que las luces se ponían a nuestra altura, sintiendo un tonto triunfo por mi astucia al eludir la barca. Esas malditas bocinas. …
La vida—el hambre de vida—rebosó de golpe en mi ser.
Le grité al barco que pasaba, y con cada iota de mi ser luché hacia él. Entre brazada y brazada levantaba la cabeza y gritaba. …